la gastronomía salva vidas (y salvó la mia)
Una carta de amor a los sabores, la niñez y las comidas que cuentan historias.
A dónde van los sentidos cuando las emociones están perdidas.
Hay un momento (o varios) en la vida donde todo lo que era estable deja de serlo.
No importa cómo se llamaba tu carrera o cuál era tu plan.
Todo se tambalea. Todo dice que no. Y está bien.
De pronto, un abrazo sin razón aparece. Un plato caliente. Una cocina llena de aromas que no preguntan por tu currículum, o tus expectativas a futuro con la empresa.
Una receta que no exige más que estar ahí.
La gastronomía se convirtió en eso para mí: un espacio donde no tenía que demostrar. No tenía que venderme. Solo estar presente.
cuando servir platos, te sirve a vos misma
Después de tomar un trabajo en gastronomía, pensé que estaba haciendo algo temporal, algo “mientras tanto”, para salir del apuro.
Un trabajo para pagar cuentas, esperar a que lo mío volviera.
Pero en ese impás sucedió algo más.
Me permití probar nuevos platos, al mismo tiempo que una nueva parte de mi.
Aprendiendo la historia detrás de un clásico, la nostalgia dentro de un pan, o el proceso que transcurre detrás de una cocina hasta que el plato llega a la mesa, encontré partes de mi que habían quedado atrás, lejos.
Sin darme cuenta, también estaba probando una nueva forma de ver mi realidad.
En la gastronomía encontré lo que ninguna oficina me había dado: ritual, pertenencia, empatía, y abrazos.
los sabores hablan por vos
Pensé que solo me estaba salvando, pero también estaba sanando.
Cada sabor tenía algo que decirme, cada plato contaba una historia nueva.
Los clientes que me compartían anécdotas de su día, mis compañeros que me enseñaba a componer un plato, o las lecciones que recibía para hacer buen café. Sin saberlo, cocinando una parte mía que estaba rota.
Los platos no solo me nutrían
Narraban. Calmaban, Reunían.
las recetas que traen recuerdos
Nunca averigüé cómo cocinar profesionalmente. Tampoco creí que hiciera tanta falta.
Por eso a la hora de elegir un espacio que me tomara para su equipo, elegí por aquellos que me pedían que fueras parte de su “algo”, que te integraras y pudieras describir los platos con la misma dedicación y paciencia que aquel chef que lo creó.
Ahí aprendí que los platos no solo se cocinan.
Se discuten, se prueban, se comparten.
Se espera la reacción del degustador. El brillo en sus ojos, o una fuerte respiración serán aquellos indicadores que te marcarán que lo hiciste todo bien.
Cada receta es un país, una familiar, una lengua, un duelo.
Una cocina no solo alimenta, sino que recuerda.
Y al recordar, te hace parte.
Recordás la dedicación con la que alguna vez viste cocinar a tu abuela un domingo, o la paciencia de tu tío preparando un asado, o la exitación de un “la comida está lista” mientras esperás ansioso en tu cuarto.
donde aprendí a escucharme
En ese espacio inesperado, encontré algo que no buscaba: una versión mía que no recordaba.
Una que no necesitaba briefings ni estrategias.
Solo oler, probar, reír. Una que entiende que servir es acercarse.
Y fue ahí, entre panes tibios y recetas de familia, que recordé algo olvidado: a disfrutar.
Años atrás me permitía tomar decisiones sin intención estratégica. Me permitía jugar, cocinar, inventar, y grabar. Inventar recetas y jugar a ser ellas.
Quizás todo esto siempre estuvo ahí.
Solo necesitaba espacio para aparecer de nuevo.
a veces la vida no te pide planes, te pide presencia
Cuando la vida se desmoronó, la cocina quedó en pie.
Y en esa mesa me senté. No como invitada. Como parte.
No era solo un trabajo.
Era un refugio sensorial.
Una forma de estar sin tener que explicarme.
La gastronomía me devolvió a mí misma, plato a plato.
No me pidió que sepa qué hacer con mi vida,
solo que me presente, y huela, y pruebe.
Y eso, a veces, es más que suficiente.
-Abi




Hermosooo Abi!!!!