¿Qué se siente cuando nadie siente lo mismo?
Por qué la emoción compartida sigue siendo clave para construir cultura (y mesas) que perduren.
Este mes volví a casa.
Volver a Buenos Aires siempre se siente como subir el volumen de la vida. Cada pasaje funciona como el entretiempo de un partido final: no es el protagonista, pero sí indispensable para seguir jugando. Y en este lugar que tanto contrasta con mi presente en Berlín, apareció algo que no esperaba: perspectiva.
En mi ciudad, comer sigue siendo un acto social antes que una experiencia conceptual. La mesa no es un fondo neutro, es un espacio donde pasan cosas importantes. Se discute, se negocia, se recuerda. El plato puede estar bien o mal servido, pero si no genera conversación, pierde sentido.
Venía de un Berlín helado y gris. Noviembre, dicen, es uno de los meses más duros, cuando el cambio de clima y la oscuridad temprera empiezan a pesar. Pero llegué a Buenos Aires y, todo se volvió más presente: el cuerpo, la risa, el conflicto, el deseo. E inevitablemente, ante una rutina en la que la no invierto tiempo en cocinar nada especial, la comida volvió a ocupar un lugar central.
La idea se reforzó cuando pasé por Río de Janeiro a mitad del viaje. Ahi la comida se mezcla con el clima, la música y el movimiento. Nada está completamente bajo control, y justamente por eso funciona.
Son dos culturas distintas, pero ambas latinoamericanas. No creo que sea casualidad que en ninguna de las dos la gastronomía necesite justificarse: no pide permiso ni se explica de más. Existen como una extensión natural de la vida.
Y entonces volví a Berlín.
Una ciudad hecha de capas, de idiomas que se cruzan en una misma mesa, de acentos que conviven sin mezclarse del todo, de historias que llegaron en distintos momentos y por motivos completamente diferentes. Un espacio en el que es buena suerte compartir el mismo idioma con el vecino.
Berlín es una ciudad profundamente inmigrante, y vivir acá implica, casi sin darnos cuenta, traer la propia identidad como equipaje permanente. Cada uno llega con sus recuerdos, sus rituales, sus sabores, sus silencios. Y todos son distintos.
A la vez, es lo más fascinante y lo más desafiante de esta ciudad.
Cuando nadie comparte el mismo origen, tampoco se comparte del todo la misma emoción. Hay respeto, hay curiosidad, hay intercambio, pero muchas veces falta algo más difícil de construir: una memoria común. Esa que no se explica, que no se traduce, que simplemente se entiende. La que hace que un gesto, un sabor o una forma de sentarse a la mesa signifique lo mismo para todos.
En ciudades como Buenos Aires o Río, gran parte de la cultura se sostiene sobre experiencias compartidas. No porque todos piensen igual, sino porque sienten desde un lugar parecido. Hay referencias comunes, historias que se repiten, emociones que se heredan. Y eso crea un suelo emocional colectivo sobre el que la sociedad se apoya, discute y avanza.
En Berlín, ese suelo está en constante construcción.
Acá, muchos estamos intentando reconstruir identidad mientras seguimos en movimiento. Cocinamos recetas heredadas en cocinas prestadas. Celebramos tradiciones lejos de quienes nos las enseñaron. Adaptamos costumbres para que entren en una vida nueva. Y en ese proceso, la comida vuelve a aparecer como uno de los pocos lenguajes capaces de unir lo que no comparte historia.
Pero unir no siempre significa igualar.
Cada plato trae una nostalgia distinta. Cada mesa reúne recuerdos que no se superponen. Y quizás por eso, a veces, la gastronomía en una ciudad como Berlín se vuelve más conceptual que emocional: porque cuando no hay un sentir común, se construye desde la idea. Desde el marco. Desde la forma.
No es algo negativo. Es una consecuencia lógica de vivir en una ciudad donde todos estamos armando algo desde cero.
Mirándolo desde otro ángulo, esto representaría una oportunidad. En animarnos a poner más de nosotros mismos. A no suavizar tanto el relato. A aceptar que la emoción no siempre es universal, pero sí contagiosa. Que compartir una historia personal, incluso si no todos la entienden, puede generar algo más profundo que una experiencia perfectamente diseñada.
Vivir entre culturas me hizo entender que la identidad no se pierde, se transforma. Y que los recuerdos no desaparecen: se filtran. En cómo comemos, en cómo recibimos al otro, en qué lugar le damos a la mesa dentro de nuestra vida.
Tal vez Berlín no necesite una identidad única, ni una emoción homogénea. Tal vez su fuerza esté justamente en esa suma de nostalgias, en ese collage imperfecto de historias. Pero para que eso funcione, hace falta algo más que convivencia: hace falta encuentro.
por un gran 2026 para todos mis lectores!!! gracias por confiar en este proceso :)
Abi





Q hermoso Abi. Mucha emoción generaste en mi !! Te amo 💕