Hay una narrativa que te acompaña desde antes que recuerdes tener memoria.
No me refiero a aquella que presentás en una entrevista, ni la que le contás a alguien nuevo en una primera cita. Esta la conocemos de memoria, y hasta nos agota escucharla al venderse frente a alguien que aún, no nos conoce.
Yo me refiero a aquella que opera en voz baja, la que confirma tus intuiciones, o te dice yo te lo dije cuando algo sale mal y no reaccionaste a tiempo. La que ordena el sentido de tus decisiones antes de que las razones lleguen, solo por sentimiento.
Me gusta llamarla la narrativa de uno mismo, y dice mucho más sobre vos que todas las historias que te contaron los de alrededor. La reacción de tu mamá cuando le compartís tu rumbo nuevo, el colega que opina sobre tus elecciones, la emprendedora que apareció hoy en tu feed asegurando que su vida cambió desde que apostó por sí misma. Esas son historias reales, pero no son la tuya y la pregunta es cuál es la narración que elegís creer cuando te pensás.
Desde que estoy con estos temas, me metí a curiosear en el mundo de la palabra ser. Aparece en casi todo lo que expresamos y oímos: hago esto porque soy así, como soy así voy a tomar esta decisión, me criticás pero es que soy así. Una palabra que parece decirlo todo pero que al final del día, te reduce, con la ilusión de que justificaste tus acciones solo por poner en palabras una razón, a mi parecer, poco fundamentada.
Y lo curioso no viene por su uso. Nos encanta hablar de nosotros mismos, eso no me sorprende, sino el origen de esas definiciones. ¿Sos desordenada porque lo elegís o porque alguien te lo dijo toda la vida y encontraste espacio para habitarlo? ¿Cuánto de lo que sos te pertenece realmente, y cuánto es una historia que otros empezaron a contar antes de que pudieras elegir la tuya?
La mente es muy astuta en este juego. Te presenta creencias a las que llama “propias” y que quizás nunca formulaste, te da certezas que en realidad son herencias. Pero cuando empezás a mirar hacia adentro, a distinguir lo que te dijeron de lo que te pertenece, lo que eras de lo que querés ser, algo se mueve. Porque la vida que imaginás para adelante puede estar completamente condicionada por las palabras que elegís para contarte tu historia hoy.
Durante diez años tuve una certeza: comunicar. Era mi respuesta a la pregunta incómoda de a qué te dedicás, o que querés hacer. El hilo que ordenaba lo demás, la dirección que no cuestioné porque funcionaba y porque todos me la creyeron. No hay nada más convincente que alguien que parece saber lo que quiere, y al parecer, yo fui creíble e incuestionable.
Hasta que en una reunión reciente, un colega con dos décadas más de recorrido me hizo la pregunta más simple del mundo: ¿por qué? Por qué este camino y no otro. De dónde sale ese deseo de comunicar y hacia dónde va. Empecé a incomodarme. Siguió con preguntas más simples aún, como qué quiero hacer hoy y demás, que al leer puede sonar obvio, pero ante todas, mi respuesta fue la misma: silencio.
Durante años, había estado corriendo con una respuesta, ventilándola por todos lados, pero jamás había formulado la pregunta. Sabía qué hacía, pero no por qué. Entender las razones por las que tomo y tomaré cada decision próxima era todo lo que necesitaba para encontrar esa paz y coherencia que hace mucho no sentía.
Junto con este hilo flojo, apareció algo que no esperaba: el vacío de darme cuenta que aún no lo sabía.
Las realidades que no te pertenecen
Más allá de la claridad que comencé a sentir al entender de dónde venía el problema, me relajó ver contextualmente lo que sucede. Una parte de mí, sabe que puede hablar de estos tópicos y ser entendida por los millones que nos encontramos diariamente, en ese mar de estímulos que no nos pertenecen.
Aquel colega que me hizo las preguntas, también siguió con unas criticas que creo, representan el problema que enfrentamos muchos hoy.
Nuestra generación (y por “nuestra” me refiero a la Z en adelante), tiene mucha energía, mucha ambición, pero poco anclaje. Queremos hacerlo todo, el mundo nos demuestra que podemos hacerlo todo, y desde el sillón de casa. Abrimos miles de ventanas al mismo tiempo porque podemos saltar de casilla de mensajes, a compras online, de tareas de un cliente, a la compra de toallas nuevas, o del pedido online del supermercado a los pasajes para ir a Brasil en vacaciones, todo en el transcurso de 10 minutos (y estoy siendo generosa). El día a día nos comprueba que podemos hacerlo todo al mismo tiempo, pero después nos frustramos porque nos cuesta comprometernos con algo específico. ¿Qué esperabas?
No lo refuté. Tenía razón.
Pero ante ver semejante panorama y tener tanta necesidad de respuesta, no me quedó otra que empezar a indagar. Quedarme sin una respuesta honesta no era una opción que me dejara avanzar tranquila.
El mundo detrás de la curiosidad
Tras la búsqueda, lo primero que encontré fue un patrón.
Hace poco leí un análisis sobre los cambios en el turismo y el consumo de contenido. Uno de los tópicos que mencionan influyente para los modos de viajar, es la muerte de Anthony Bourdain, porque con ella, murió también una forma particular de descubrir el mundo. Bourdain era uno de los últimos personajes que podía llevarte a un lugar que no conocías y hacerte sentir que estabas ahí, porque él mismo estaba descubriendo en vivo mientras te mostraba. Había una curiosidad genuina operando, y eso se transmitía.
Hoy podemos acceder a cualquier parte del mundo en segundos. Tipear, buscar, pedirle a una IA que nos genere caminando por las calles de Tokio. Y en ese acceso instantáneo, creemos que entendemos, o peor aún, creemos que conocemos. Creemos que sabemos cómo se sentiría estar ahí, que podemos conectar con el deseo de movernos físicamente hacia otro lugar, cuando en realidad lo que hicimos fue consumir una representación. Y esa representación, no te transforma ni te revela nada nuevo.
Noté muy claro este patrón al analizar lo que me generaba concretar una propuesta de viaje que nunca antes había considerado. Un cliente me pidió que viajara para comenzar con el contenido y la dirección creativa y mi primera reacción no fue curiosidad sino una evaluación rápida basada en todo lo que ya había visto sobre ese lugar en pantallas, previniendo como sería el viaje y cómo debía comportarme. Como si ya lo conociera, como si ya hubiera estado. Había reemplazado la experiencia real con el consumo de su imagen, y ni me había dado cuenta.
(aca yo, pasandola espectacular en la experiencia real)
La curiosidad no es solo querer saber. Es la disposición a no saber todavía, a ir hacia algo sin tener la respuesta preparada de antemano porque el proceso mismo de descubrirlo te entretiene. Y esa disposición se ejercita, como cualquier músculo.
El cerebro necesita estímulo real para mantenerse pensando con criterio y capacidad de resolución. Aislarte y procesar todo desde la misma silla, con los mismos estímulos, en el mismo formato, es reduccionista no solo para tus habilidades sociales sino para tu forma de pensar. Te entrena para consumir, no para crear. Para reaccionar, no para decidir.
Y acá es donde el diagnóstico se vuelve más incómodo, porque no es pasivo: lo elegimos.
¿Cuántas veces viste algo y automáticamente construiste el posteo imaginario antes de terminar de vivirlo? ¿Cuántas veces hiciste algo porque a alguien más le funcionó? ¿Cuánto retuviste de todo lo que consumiste esta mañana? ¿Cuántas situaciones ajenas procesaste sin haberlas buscado?
Sin darte cuenta, empezás a pensar a través de todos esos estímulos. Tu criterio se va formando, o deformando, en función de lo que consumís diariamente. Y digo esto sin culpa porque es un diagnóstico, no una condena. La mayoría de estas dinámicas operan por debajo del radar, y precisamente por eso merecen mirarse.
Esta es solo una de las razones por las que cuesta tanto llegar a las preguntas de fondo. Hay muchas más, tan válidas y complejas como esta, que un solo artículo no puede abarcar. Pero entender que el ruido externo condiciona la claridad interna fue, para mí, el primer paso necesario antes de empezar a tener respuestas.
Por eso, sin pelos en la lengua te pregunto, ¿estás seguro que querés que tus nietos te recuerden por las historias que subías? Todo lo que hoy hagas por vos, va a determinar esto.
La educación no te ayudó a verlo
El ruido, la reacción automática, el tiempo que parece infinito y las preguntas que igual aparecen, tiene un denominador común. Es un problema de formación. Nadie nos enseñó a hacernos estas preguntas en aquellos años de permeabilidad absoluta. Y sin darnos cuenta, nos condicionaron desde temprano.
Llegar a los 20 o 30 sin saber del todo quién sos es, en parte, el resultado de un sistema que no te acompañó a descubrirlo (y digo en parte porque vos también podés ir a buscar tus respuestas cuando otros no te invitan a hacerlas). Y durante los años más formativos de tu vida, los más sensibles, no te hizo dio las libertades que tuviste que asimilar al terminar ese ciclo.
El colegio te enseña a responder. A completar, a memorizar, a rendir. Te entrena para dar la respuesta esperada en el tiempo esperado, con el formato esperado. Y eso, repetido durante 17 años, deja una huella: aprendés a funcionar dentro de estructuras que otros diseñaron, no a construir las propias.
No es casualidad que las materias que más se priorizan sean las que tienen respuestas claras y medibles. Matemática, química, ciencias. Y las que más se marginan son las que requieren exploración sin garantía de resultado, el arte, la música, la expresión, el movimiento. No porque sean menos importantes, sino porque son más difíciles de calificar. Y lo que no se puede calificar, en ese sistema, no cuenta.
Pero las estadísticas no cuentan nada sobre las personas.
Los que hoy, en sus 20, se dedican a la creatividad, al diseño, o a construir algo propio, muchos eran los que “no rendían bien” en el colegio. No porque no fueran inteligentes, sino porque su forma de procesar el mundo no tenía lugar en el formato disponible. La curiosidad que los movía no era un activo, era una distracción.
El problema es que a esa edad no tenés el criterio para entender eso. Entonces no concluís “este sistema no me representa”, sino “yo no sirvo para esto”. Y esa historia se instala.
Llegás a los 20 con años de práctica en responder lo que se espera de vos, y muy poca práctica en preguntarte qué querés o de dónde salen tus deseos. La exploración genuina, probar sin saber el resultado, equivocarte sin que cuente para una nota, descubrir algo sobre vos mismo sin que nadie lo evalúe, nunca fue parte del programa. Y jugar, es una forma de aprender también, sino la mejor…
Entonces cuando la vida te pone enfrente una decisión real, una que no tiene respuesta correcta en el libro, no sabemos qué hacer con eso. Porque nadie nos entrenó para enfrentar la vida con la incertidumbre que la realidad expone.
Pero tengo una buena noticia, y es que aún estás a tiempo de convertirte en tu versión más honesta.
Nunca es tarde para elegirte
En algún punto de todo este proceso de indagar, de distinguir lo que me dijeron de lo que me pertenece, de hacerme preguntas que había estado esquivando, llegué a una respuesta que no esperaba. Quiero aprender a cocinar. Y sé los cuento porque es la decisión con mayor incertidumbre y juego que tomo en mucho tiempo.
Cuando me pregunté honestamente qué quería hacer que fuera completamente mío, que no viniera de ninguna tendencia ni de ninguna expectativa externa, apareció eso. Algo tan simple y tan concreto que al principio no lo tomé en serio, precisamente porque no encajaba en ninguna narrativa que hubiera construido antes sobre mí misma. Y ahí estaba la señal: tomar una decision con total incertidumbre y capacidad de juego.
Reconstruir tu narrativa no siempre empieza con una decisión enorme. A veces empieza con algo que te resististe a admitir porque no sonaba lo suficientemente importante, o porque no sabías cómo encajaba con quien creías ser. Pero cuando empezás a elegir desde adentro, sin justificarte, sin buscar que tenga coherencia con la versión que venías mostrando, algo cambia. Empezás a confiar en tu propio criterio. Y ese es el músculo que más necesitás ejercitar.
Si llegaste hasta acá, probablemente algo resonó. Y quizás también apareció esa voz que dice: sí, pero yo ya tomé decisiones, ya estoy en un camino, ya es tarde para replantear.
No lo es.
(Te aseguro que esta peque no tenia idea las complicadas que se venían. Pero miranos acá, conversando de la vida como dos adultos).
Conocerte no tiene fecha de vencimiento. Tampoco requiere tirarlo todo por el aire. Requiere honestidad sobre qué parte de quien sos hoy la elige, y qué parte simplemente se instaló mientras estabas ocupado reaccionando.
Para eso, hay preguntas que ayudan. Te pido que las tomes en serio:
¿Qué es lo que hacés cuando nadie te mira y nadie te evalúa?
¿Qué proyectos o ideas descartaste con demasiada rapidez porque “no eran para vos”?
¿Cuándo fue la última vez que tomaste una decisión desde lo que querés, y no desde lo que se espera?
¿Qué parte de quien sos hoy la elegiste, y qué parte simplemente se instaló?
No hace falta responderlas todas de una vez, hace falta el coraje de no esquivarlas.
Yo todavía estoy en eso. Aprendiendo a distinguir lo que elegí de lo que se instaló solo, construyendo desde el por qué, y descubriendo que las preguntas más honestas aparecen justo cuando dejás de buscar que las respuestas sean correctas.
Un placer tenerte del otro lado! xoxo
Abi





hermoso. me dejaste mucho para pensar
me llegó a lo más profundo de mi ser. 🤍 me encantó. Necesitaba que alguien ponga esto en palabras y lo hiciste increíble