Nunca me interesó celebrar la Pascua.
En casa éramos una mezcla variada de creencias, unos pares de católicos, bastante ateísmo, y algún que otro atravesado por la astrología, dependiendo la temporada. El simbolismo religioso nunca controló esta fecha, aunque a veces se nombraba al pasar. Nadie se sentaba a explicar la resurrección ni a conectar los huevos de chocolate con algo más profundo. Pero nadie cuestionaba la juntada tampoco, y en parte, eso lo volvía una simple reunión familiar, pero obligatoria.
Había que estar, ya sea tarde o con los mates mañaneros, con huevos para romper en el medio de la mesa de postres, o con discusiones de política que nadie pretendía, pero jamás se cuestionaba ni se organizaba con demasiada anticipación. Solo se asistía a un domingo en el que pasaríamos horas sentados alrededor de una mesa, con la justificación de comer, y el marketing de un día para comprar más chocolate.
La Pascua era eso: una excusa para juntarse que no necesitaba mayor justificación.
Y funcionaba. Funcionaba tan bien que ni me detenía a pensarlo. Como el asado del domingo o el cumpleaños de alguien que convocaba a toda la familia sin tener que insistir demasiado. Ibas porque ibas. Porque era lo que se hacía. Porque en algún punto la reunión en sí misma era el ritual, independientemente de lo que cada uno creyera que esta reunión representaba.
Nunca me interesó celebrar la Pascua. Pero si me interesaba la manteca.
Solamente en esta fecha, mi abuela hacía una manteca casera para deleitarnos a todos, antes de servir la paella. Envuelta en una toalla, como si necesitara abrigo, siempre nos esperaba en un costado de la heladera, para que aquellos golosos que sabían de su existencia, no la robaran antes de sentarnos a comer.
Esta manteca era la señal de que el domingo había empezado de verdad. Las ganas de comer los platos deliciosos que cocinaba mi abuela eran razón suficiente para cada Pascua, asistir sin duda alguna. Me sentaba en mi esquina del sector niños, aunque ya fuera una adulta, y con el pan listo y la sal cerca, me preparaba para untar el comienzo de un almuerzo familiar.
En ese momento no lo pensaba así. Era simplemente lo que había, una parte más del domingo de Pascuas. Y así continua hasta que te mudás de país y la Pascua aparece de otra forma. O más bien, ya no aparece.
Nunca me interesó celebrar la Pascua. Hasta que visité un supermercado alemán.
En Berlín no existen las góndolas enteras de huevos de marca con edición limitada. No hay semanas de anticipación con publicidades que te recuerdan que la fecha se acerca y que todavía no compraste el conejo de chocolate. No hay una maquinaria del consumo que convierte cada fecha del calendario en una oportunidad de mercado. Lo que hay son unos pocos animalitos de chocolate en las vidrieras de las panaderías, y maples de huevos pintados de colores, por 3 euros más que los normales.
El contraste me impacta cada vez que lo veo, y no es la primera fecha en la que lo denota. Las diferencias culturales se conectan a la forma de habitar las celebraciones, tanto que acá se parece más al reparo que a la efusión latinoamericana.
El fin de semana largo existe, pero en silencio, en descanso, en una pausa que no necesita ser llenada de productos ni de eventos ni de contenido. La ciudad baja el ritmo de una manera que en Argentina asociaríamos con algo saliendo mal, y acá simplemente significa que es domingo de Pascua y que no es necesario mantener todo festivo.
Me tomó un tiempo comprender estas tradiciones sin leerlo como frialdad mientras una fuerte barrera cultural me recorre en una fecha que creí, no me interesaba.
Y mientras, descubro que mudarte lejos es la primera decisión que tomás en una cadena de decisiones que a partir de ahora, partirán únicamente de vos. Desde las marcas de productos que consumís, hasta las celebraciones a las que asistís. Todo es una decisión individual, porque ya no está tu abuela apurada para que vayas temprano a almorzar, ni tu urgencia por llegar antes porque tu primo que se termina la manteca casera.
Comencé a pensar en celebrar la Pascua.
Hoy, mientras pasaba por la Bäckerei (panadería) del barrio, me golpeaba la distancia. Quizás el olor al pan, el domingo quieto, o la suma de un fin de semana largo lejos de casa. Pero fue ahí que apareció: el pan con manteca casera de mi abuela. La toalla, la heladera, la sal esperándome, el turno para untar. Y con ella, el barullo de la mesa, el sector niños, los que ya no están y los que siguen estando pero a los que hoy no llamo para avisar que estoy llegando tarde.
Una acumulación de eventos que daba por sentado y hoy tengo lejos. No me paraliza, aunque lentamente, comienzan a revelar en mayor detalle quién soy. Mientras varias decisiones me obligaron a alejarme de las reuniones en las que solo importaba el pan con manteca, hoy puedo entender que el amor por la gastronomía no apareció aquel momento en el que me mudé de país, sino que había estado latente siempre, escondido, porque los gritos de la mesa eran demasiado altos.
Una identidad que se formó mucho antes de que yo la nombrara, sentada en una esquina del sector niños, esperando una manteca casera.
Para los que amamos la comida de verdad, comer significa volver a vos. Es añorar recuerdos que un olor saca a la superficie sin permiso. Es recordar a los que te cocinaban y pensar en los que querés alimentar. Es la unión que, si no te preocupa la resurrección de Dios, igual justifica el domingo de pansazo.
Y en ese análisis comprendo, que aquellos rituales de antes que ya no están cerca, aprendés que las celebraciones no desaparecen, sino que pueden reinventarse, porque volver a crearlos es también una forma de cuidarte y mantenerte fiel a quien sos.
Quiero celebrar la Pascua.
En este domingo silencioso y berlinés, amanecí con un conejo de chocolate a mi lado que mi novio compró en el super alemán. Un conejo que en otro contexto hubiera pasado sin pena ni gloria, hoy significó el mundo entero.
Porque no hay abuela apurada para que llegues temprano. No hay primo que se termine la manteca antes que vos. No hay mesa que se llene sola porque estamos todos obligados a asistir. Hay, en cambio, un conejo de chocolate sobre la mesa de un departamento en Berlín, y una persona que supo que hoy era el día para regalarlo, aunque el marketing Berlinés no nos obligue a recordarlo.
Y mientras como unas orejas de chocolate, con sabor a domingo de manteca casera, les escribo esta carta que me hace sentir más cerca de casa. Porque siempre encontramos la forma de acercarnos, y casi siempre es con comida.
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Felices Pascuas a todos los lectores!!



Hermoso Abi!!